La mala pata

En menos de dos días empieza otro viaje pero esta vez no tengo las mismas ganas de ir que tengo siempre. Sí tengo ganas, pero no de ir en estas condiciones.

En dos días empieza otro viaje pero hace cinco días me he fracturado el sacro. Ojalá hace 5 días hubiera tenido las ganas de quedarme en casa que tengo ahora, en lugar de ir a la montaña a hacer trekking y pisar la placa de hielo que me ha dejado rota.

Sólo por una semana más. Me gustaría reposar una semana más… y despertarme casi como si no hubiera pasado nada. Pero sé que no es posible. Sólo tengo dos opciones, coger ese avión a Salvador y recorrer durante 18 días Brasil, Paraguay y Bolivia tal y como está planeado, o definitivamente no cogerlo.

Mi mente me pide la primera, mi cuerpo me pide la segunda. En más ocasiones mi cuerpo ha dicho no y mi mente ha dicho sí. Al final mi mente siempre gana, pero esta vez tengo un poquito de miedo.

Será que al hacernos mayores vamos sufriendo las consecuencias de las malas pasadas, y nos acomodamos, nos acostumbramos a lo confortable, a no salir de nuestra burbuja si nos encontramos mal, porque para sufrir no estamos. Y creo que no voy a sufrir fisicamente, voy a sufrir más mentalmente, pensando en todo lo que me gustaría hacer y de la manera que me gustaría hacerlo pero no podré.

Quizá de eso trata la madurez, de aprender que por mucho que se quiera a veces no se puede, de que las cosas no siempre salen como las hemos planeado, de que somos vulnerables, de que en ocasiones necesitamos ayuda (y mucha), de que estamos en esta vida de paso y tenemos que intentar dar cada uno de esos pasos saboreándolo mientras podamos darlos. Y mientras podamos saborearlos.

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